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ENTRE LINEAS

Y yo también soy palabra...

Y yo también soy palabra...



De pronto recuperamos la fe en las palabras. Volvemos a creer que pueden decirlo todo, adecuarse para regatear en un rastro, conjurar un miedo, pegar los trozos de la confianza rota, diluir una hostilidad injusta, rehacer la magia de los días, ganar campañas electorales, ser comprendidos, vender peines, recuperar un amor, pisar los paraísos que nos pertenecieron o con los que soñamos como si hubieran sido nuestros. Pero una vez más las palabras no son suficientes. Salen, quieren y creen decirlo, pero chocan con la tapia de los hechos pertinaces, las convicciones inamovibles, los sentimientos sordos, el silencio de los otros o lo otro. Son sólo palabras.


Y entonces comprobamos que todo sigue igual, que las palabras que iban a mover ciudades y sectas de la noche, iluminar mentes, parar guerras o ablandar odios, no mueven absolutamente nada, no iluminan nada, no paran ni ablandan nada sino que se estrellan en un muro de decisiones ya tomadas. Convencieron al que estaba convencido. Y el convencido, el que nos abraza, no lo hace por las palabras sino por otras leyes de la vida y el mundo, por otros hechos, otro azar. Y sentimos rencor hacia las palabras aun cuando obtuvimos lo que queríamos porque no lo obtuvimos gracias a ellas, porque no supieron tocar los actos ni las cosas. Y entonces rebotan y bailan mudas en la boca, pierden su sonido y su sentido, brotan sin ton ni son.


Creías que lo habías dicho todo en la confidencia pero no habías dicho nada. Está ahí la puta pared de la realidad y los recuerdos, la tozudez de las circunstancias y las cosas, la mala cara del destino. El que dijo en una ciudad sitiada «no pasarán» vio cómo pasaron. El que dijo «ya no traicionaré» traicionó una vez más. Quizá cumplir años es aceptar que de nada sirve hablarlo todo, que las palabras no sirven para todo, que no sirven para nada, que si no se mueren dentro de la boca se quedan al borde de los ojos como dudando entre tirarse y no tirarse al vacío.

Soy palabra ...

Soy palabra ...

Soy palabra…


que sale intentando revolucionar…
para transformar siquiera alguna vez lo cotidiano.
para deshacer lo hecho…
que intenta de inundar de caricias el universo…
que permite la existencia de la poesía
que inventa aventureros
que hace que los animales hablen…
para que existan los enfados, los encuentros…
para que viva la magia…


Soy palabra e irremplazable... por mucho que les pese a algunos.

Lujuria

Lujuria

Si supieses el placer que me invade sintiendo cómo tus manos se deslizan por mi cabeza buscando las raíces de mi pelo para enredarlas con tus dedos, provocándome ese cosquilleo que cautiva mis sentidos…


Si conocieses el paraíso al que me transportas cuando noto que tus dedos alcanzan en suave descenso los abismos de mi nuca y la acaricias…


Si te explicase cómo me excitan esos movimientos de tus manos, estudiadamente acompasados, rozando levemente mis sienes…


Si escuchases ese suspiro cercano al gemido que se escapa de mis labios cuando tus dedos dibujan lentamente el contorno de mis orejas…


Si advirtieses en mi respuesta ese tono de voz, perdido y completamente entregado a ti, cuándo me dices, “¿más caliente?” y yo, obnibulado por ese viaje que me proporcionas al Edén, te respondo “mucho más caliente… quiero más”…


Si hubieses observado todo eso…


¡¡ No me habrías abrasado la cabeza con el agua caliente como lo has hecho esta mañana cuando me has lavado el pelo antes de cortármelo ¡!

Autogestión

Autogestión

No me gustan los que mandan mucho.
Tampoco los que obedecen demasiado.
Por eso prefiero gobernarme yo mismo.

Invisibles






Están ahí entre nosotros, viven en nuestras ciudades y pueblos y, sin embargo, no los advertimos.


Son invisibles.


Han adquirido ese apreciado don que a muchos nos gustaría tener sin proponérselo. No son espectros, ni zombies.


Son personas de carne y hueso como cualquier mortal. Pasan por nuestro lado y no los vemos.


Son los mendigos que se acercan a pedirnos limosna, de los que somos incapaces de recordar su cara.


Son los desheredados de nuestra avanzada sociedad civilizada que, cuando se cruzan en nuestro camino, cambiamos de acera procurando no mirarles a la cara no sea que nos asalten.


Son los drogadictos que se pinchan en nuestros parques, en nuestras calles, en nuestros barrios llamados marginales que preferimos ignorar, antes de que alteren nuestra pacífica y saludable vida.


Son las putas que campan por nuestras calles, esclavas de algún chulo que las maltrata.


Son los que hurgan en nuestras basuras, buscando algún despojo que llevarse a la boca.





Son los niños y las niñas que son explotados por alguna “respetable” multinacional que muchas veces nos viste a sabiendas de que, esos niños y niñas, continúan desnudos.


Son, en definitiva, los perdedores y perdedoras ya que sin ellos buscar esa naturaleza incorpórea, nosotros se la hemos otorgado cual preciado don, fruto de una magnanimidad propia de los dioses y diosas. Y es que, en definitiva, ellos, los invisibles, son simples humanos.

Vanidades confesadas

Vanidades confesadas

Paseando por los diarios me he encontrado con un comentario que más o menos decía así: “Sigue así, escribiendo para ti, porque en cuanto escribas para los demás dejarás de ser tú mism@”.


La glosa me ha parecido una frase hecha y desafortunada. Algo que se dice para agradar a esa persona. No la entiendo de otra manera. Porque el que alguien escriba sobre su vida, la vida de los demás o sobre historias inventadas en un sitio público como es “La Red”, es indudable que se hace para que lo lean los demás. Para los demás. Y cuántos más, mejor ¿o no habéis leído más de un artículo en el que se hacía un “resumen estadístico” sobre número de visitas, lugares de dónde provienen, etcétera? Y nos gusta que comenten lo que escribimos. Y controlamos quién entra en nuestras páginas (¿a cuento de qué están esos contadores “exnedstat” y similares?). Toda esa actividad de vanidades no confesadas es, además, un ejercicio sanísimo ¿Alguien me rebate que querer gustar al prójimo y a la prójima no lo sea? Y añado, no creo que con ello uno o una deje parte de su esencia en el intento.


Lo tengo muy claro. Rasgueo estos imaginarios papeles porque me gusta. Fantaseo con ideas e invento historias y quiero transmitirlas. En definitivas cuentas, deseo que me lean. Es más, me chifla que se abra un debate sobre lo que escribo. En resumen, escribo por mí y para los demás. Y, por supuesto, me exijo gustar. No pienso que seguir ese principio haya operado en mí una transmutación que haya alterado mi esencia. Si así fuese, estoy convencido que la sustancia mejoraría. Escribir para los demás, querer agradar y ser un vanidoso como yo, “obliga” a eso. A pulirte sin dejar virutas en el camino.

El valor del Amor

El valor del Amor

Era un hombre que valoraba mucho el Amor que tenía. Lo valoraba tanto que no paraba de trabajar para acumular riquezas y así poder mantenerlo. Siempre que el Amor hablaba con él le decía: “No podemos salir a cenar Amor, tengo una reunión de trabajo” o “Es imposible que salgamos este fin de semana Amor, tengo mucho trabajo que debe estar acabado el lunes”. Hasta que un día el Amor lo abandonó.

Aguas profundas

Aguas profundas

Todo duerme bajo las aguas profundas;
los besos, los sueños, las ilusiones...
Todo bajo esas aguas profundas que todo lo cubren,
hasta el amor.


(Septiembre 1972)

Soberbia

Soberbia

Cuenta una leyenda tibetana que, al principio de los tiempos, a los árboles no se les caían las hojas.


Sucedió que, un día, un anciano que iba vagando por el mundo desde que era joven con el propósito de conocer y saberlo todo, estaba muy cansado de subir y bajar montañas atravesar ríos, praderas y no parar de andar y andar.


Así que decidió subir a la montaña más alta del mundo para, desde allí, conocer y verlo todo antes de morir. La montaña era tan alta que, para llegar a la cumbre había que atravesar las nubes y, aún, subir más alto que ellas. Era tan alta la montaña que de noche, casi podía tocar la luna con la mano extendida.


Pero al llegar a lo más alto, comprobó que solo podía distinguir un mar de nubes por debajo suyo y no el mundo que tanto deseaba conocer.


Resignado decidió descansar un poco antes de continuar con su viaje.


Siguió andando hasta que encontró un árbol gigantesco. Al sentarse a su gran sombra, el anciano no pudo menos que exclamar:


— ¿Quién te protege que ni la ventisca ni el ciclón han podido abatir tu grandioso tronco ni arrancar una sola de tus hojas?


— ¡ Nadie me protege ¡ ¡ Yo solo me sobro para cuidarme ¡ —contestó el árbol sacudiendo sus ramas con altivez y produciendo un gran escándalo con el sonido de sus hojas— Debes saber que el maligno viento no es amigo de nadie, ni perdona a nadie. Ocurre que yo soy más fuerte y hermoso y el viento se detiene asustado ante mí, no sea que me enfade con él y lo castigue. Sabe bien que nada puede contra mí.


El anciano se levantó y se marchó, indignado de que algo tan bello pudiese ser tan necio como lo era ese árbol.


Al poco rato el cielo se oscureció y la tierra parecía temblar.





Apareció el viento en persona:


—¿Qué tal arbolito? —rugió el viento—, así que no soy lo bastante potente para ti, y te tengo miedo? ¡Ja, ja, ja!


Al sonido de su risa todos los árboles del bosque se inclinaron atemorizados.


—Has de saber que si hasta ahora te he dejado en paz ha sido porque das sombra y cobijo al caminante, ¿No lo sabías?


—No, no lo sabía.


—Pues mañana a la luz del sol tendrás tu castigo, para que todos vean lo que les ocurre a los soberbios, ingratos y necios.


—Perdón, ten piedad, no lo haré más.


—¡Ja, ja, ja, de eso estoy seguro, ja, ja ja!


Mientras transcurría la noche el árbol meditaba sobre la terrible venganza del viento. Hasta que se le ocurrió un remedio que quizás le permitiese sobrevivir a la cólera del viento.


Se despojó de todas sus hojas y flores. De manera que a la salida del sol, en vez de un árbol magnífico, rey de los bosques, el viento encontró un miserable tronco, mutilado y desnudo.


Al verlo, el viento se echó a reír, cuando pudo parar le dijo así al árbol:


—En verdad que ahora ofreces un espectáculo triste y grotesco. Yo no hubiese sido tan cruel, ya que no hay mayor venganza para el orgullo que la que tu mismo te has infringido. De ahora en adelante, todos los años, tú y tus descendientes que no quisisteis inclinaros ante mí, recuperareis ese aspecto, para que nunca olvidéis que no se debe ser necio y orgulloso.


Por eso los descendientes de aquel antiguo árbol pierden las hojas en otoño. Para que nunca olviden que nada es más fuerte que el viento.


Dedicado a George W. Bush, 43er. presidente de los EE.UU, que se que no me lee, pero no porque no quiera, sino porque no sabe.

La Gata

La Gata






Ella te ideó para trasladarte a un lienzo. A pesar de parirte frágil y escuálida te envió a tierra de
volcanes estrombolianos
, lo que te imprimió un carácter de sobreviviente. Allí te encontré y enseguida supe que había sido Ella quién te había enviado. Tu mirada, mezcla felina y suave tantas veces imaginada por mí, no me fue extraña. Quise llevarte conmigo pero no supe o no pude cogerte. Eras el holograma de un sueño.


La Vergüenza






La cadencia del sonido del monitor donde se controlaban sus constantes vitales retumbaba en su cabeza. “Pi-pip-pi-pip-pi-pip”. El eco de la máquina se acompasaba mezclándose con el ruido que producía el respirador que asistía al aire para que entrase en los pulmones. “Uhff-Uhf-Uhff-Uhf-Uhff”. Una aguja, clavada en la vena, introducía el suero en el circuito sanguíneo tratando de mantener alimentado aquél cuerpo inmóvil…


“¡¿Qué ha pasado?! ¡ ¿Dónde estoy?!” trataba de recordar aquél hombre.
“¡¿Por qué no puedo moverme?!” “¡¿Quién me ha puesto ese tubo que me golpea los pulmones?!. Seguro que se trata del mismo que me clavó la púa en el brazo que me está matando.” Intentaba responderse.





Oyó como una puerta se abría.
“Debe ser la de la habitación”
Ruido de pasos que se acercaban.
“Perfecto, vienen a quitarme todo esto que me han puesto, me despertarán y podré por fin largarme al despacho. Con la cantidad de trabajo que tengo pendiente. Venga, venga. Daos prisa que no tengo excesivo tiempo” les apremiaba.


Habían entrado en la habitación de la U.V.I. los dos médicos que atendían a aquél individuo ingresado hacía unas horas por un politraumatismo importante. Uno de ellos ojeaba la historia clínica del enfermo. Tras un minuto de silencio el otro le preguntó:


- ¿Cómo lo ves?.
- Grave – se interrumpió en la lectura y levantó la mirada hacia su colega– muy grave. El edema no detiene su crecimiento y la presión acabará dañando el cerebro.
- ¿Quieres decir qué… - se detuvo en lo que iba a decir - … puede oírnos?
- No. En absoluto.


“¡¡ ¿Pero cómo qué no os oigo? ¿Pero cómo qué muy grave?!!”. Gritaba con desesperación aquél amasijo de carne del que sobresalían un centenar de cables “¡¡ Os oigo perfectamente y ya estáis desenchufándome de todo esto rápidamente que sino os meteré un pleito que no habrá compañía de seguros qué pueda responder de la indemnización. Inútiles ¡!”


- ¿Quieres decir qué –continuó con su pregunta- las lesiones serán irreversibles?
- Más que eso. Las lesiones, a no ser que se produzca un milagro, serán mortales.


“¡¿Mortales? ¿Pero qué está diciendo ese?¡ ¡ Si me encuentro perfectamente. Inmóvil, eso si, pero perfectamente! ¡¡ ¿No habrá nadie responsable en éste lugar qué sepa lo que se lleva entre manos?!!” Y en algo que a él se le asemejó a un grito, ordenó a los individuos que (imaginaba) le estaban contemplando “¡¡A ver. Que venga el jefe del servicio!!. No, no. ¡¡El director médico!! O mejor aún ¡!el director del hospital ¡!”.





Totalmente ajenos a la impaciencia del doliente, los médicos continuaban con su conversación.


- Ha tenido mala suerte –continuó el que había profetizado la defunción.
- ¿Qué ocurrió?
- Un accidente de circulación. Con una bicicleta.
- ¿Se dió contra un camión?
- No, que va. Fue atropellado por una bicicleta. Él era un peatón.
- ¡¡ ¿Por una bicicleta? ¡! –un atisbo de sonrisa asomó en la cara del galeno- ¡¡ Menudo golpe ¡!. – Ahora la sonrisa era franca y abierta –
- ¡ Venga ¡ - reía el otro médico- ¡ Vámonos que aún con nuestras carcajadas lo vamos a despertar ¡ Jajajajajajaja.


“¡¡Una bicicleta!! ¿Pero qué están diciendo estos?” , bramó desde su inconsciencia el enfermo. “Recuerdo” buscaba en los archivos de memoria “recuerdo que esta mañana… ¿o fue ayer? Bueno, tanto da. ¡Una mañana de estas! Si. A ver ¿Cuándo llevé el Ferrari Testarrosa a su revisión semanal? Siiiiiiiiiiiiiiiiii. Fue ayer. Ayer por la tarde, que me dijeron lo tendrían para esta tarde porque tenían muchísimo trabajo. ¡¡ ¿Muchísimo trabajo con sólo dos Testarrosa en Barcelona?!!” “Bueno” recordaba que le había dicho el mecánico “¡pero es que los dos han venido el mismo día y, ya sabes (en determinados talleres todos nos hablamos de tú) siempre se atiende al Ferrari más moderno! Por aquello de que las prestaciones necesitan cuidados inmediatos ¿eh?”. “De acuerdo, de acuerdo. Pero mañana por la tarde estoy aquí como un clavo. Que al día siguiente tengo que ir al aeropuerto y coger un A380 para ir a Dubai que tengo una suite reservada en el BURJ AI ARAB ” insistí “No te preocupes. Aquí lo tendrás”.


Volvió a oír la puerta de la habitación. Era la enfermera que se le acercaba. O eso supuso porque no la veía. La mujer que acababa de entrar miró el nivel de los líquidos de las bolsas que pendían del “colgador” y comprobó que las agujas continuasen en su sitio y en perfecto funcionamiento. Luego se arrodilló para ver bajo la cama el nivel del saco del pipí.


- Habrá que cambiarte la sonda “meoncete” - Le dijo la ATS con aquél lenguaje de cariñosa reprimenda hospitalaria.


Así que la Diplomada en enfermería hurgó bajo las sábanas en busca del “aparato” en el que estaría incrustada la entrada del dispositivo.


- ¡A ver por dónde anda la “pequeñina” ¡ - decía mientras levantaba la sábana - ¡ Holaaaaaaaaaaaaaaa ¡ - parodiaba con eco el vacío bajo la sábana.


- ¡ Por Dios ¡- soplaba ahora impaciente la vocacional ATS- Seguro que no te ganas la vida haciendo películas “porno”. Ahí está. Venga. ¡Cambiada¡ Me voy a hacer un mapa para encontrártela la próxima vez que venga. Jajajajajajaja.





“Pero qué cachondeo de hospital es éste” protestaba enérgicamente el peatón atropellado en el lecho del dolor “No paran de mofarse de uno. Total. Por un accidente de nada” “¿Por un accidente de nada?” empezaba a rememorar el accidentado “¡¿Pero cómo voy a estar yo así por un accidente de nada?! Una persona como yo, tan importante, ¿cómo me podía accidentar con nimiedades? ¡Atropellado por una vulgar bicicleta! Con mi cultura, con mi dinero, en definitiva, con mi clase ¡Qué vergüenza, Dios mío! ¡¡ Una bicicleta ¡! Estar así por haber sido embestido por una bicicleta ¡Qué van a pensar mis empleados ¡”.


Ya empezaba a imaginar los corrillos que, con toda seguridad, se estarían formando en su empresa, un próspero negocio de consultoría de consultorías de empresas, muy de moda en aquella época.


- ¿Sabéis lo que le ha pasado al ‘boss’? ¡Ha sido atropellado por una ‘Orbea’! ¡¡ jajajajja!! – aquí la carcajada ya sería abierta, descarada, sonora y generalizada.


Y el oráculo de la empresa, oficioso cargo que suele ostentar un empleado de toda la vida a las puertas de la jubilación, casi sin poder articular palabra por el efecto de las carcajadas en su boca, continuaría:


- La bicicleta lo dejó tumbado en la acera, en el cruce de Diagonal con Paseo de Gracia a las ocho y media de la mañana ¡¡ Menudo espectáculo se organizó¡!.
- ¡¡ Le quedaría el traje lleno de arrugas ¡! – comentaría otro sin piedad – Y eso le cabrea un montón.
- ¡ Para una vez que se le ocurre venir andando ¡ ¡ Zas! ¡ Lo tumba una bicicleta ¡ Bueno. Al menos ha sido el primero en ser enviado al otro barrio por una bicicleta –diría alguien lleno de sarcasmo- ¡ Con lo que le gustaba a él ser el primero en todo ¡





“¿Pero cómo voy yo a morirme de esto? No puedo. No lo consiento. Un hombre como yo, si se tiene que morir accidentado, debe hacerlo, como mínimo, por un accidente de aviación. Pilotando su jet particular. No puede hacerlo atropellado por una dos ruedas que, a buen seguro, era de algún o alguna indocumentada” y proseguía el futuro difunto con su angustia imaginándose los titulares de prensa: “Peatón muere atropellado por una ciclista en la confluencia de Diagonal con Paseo de Gracia. Así, con la noticia en portada, por ser el primer imbécil que se deja atropellar por una bicicleta” , pensaba.


“¿Y la que se organizará en el funeral? Ya veo a la gente en casa dándole el pésame a mi familia. ‘Lo siento, dirán, te acompaño en el sentimiento de vergüenza que debes tener’, para desternillarse de risa a continuación”.


“No. No puedo soportar tal escarnio. Un tipo como yo no puede morir de esta manera. Si no es con mi jet privado, al menos que muera derribado por un Mercedes SL 600, ¡¡ pero por una bicicleta ¡!. Hay que tener dignidad para morirse y eso no es morir dignamente siendo quién soy. Así que voy a arreglar esto inmediatamente. Tocaré el timbre y que venga la enfermera para que avise a mi familia. Quiero que me criogenicen y que, cuando haya un escenario adecuado y digno para que me muera, que me descongelen y ¡ala! ¡ a morirme de lo que quieran. No de lo que quieran no. De un accidente digno ¡. Lo dicho. Voy a llamar”


Intento vano. El doliente paciente no movía ni una pestaña.


“¡Joder! Pero sino me puedo mover. A ver…. Uuuuuufffffffffff ……uuuuuuuuufffffffffff… ¡¡ Nada ¡! ¡¡ Me cagonlaput…!! ¡ Y ahora se va la luz ¡ Otro esfuerzo ¡… Vamos, vamos…¡¡ Bueno menos mal que ya veo una luz allá al fondo… ¡ Caray ¡ ¡ Qué intensidad y se va acercando ¡ ¡¡ ¿Quiere alguien quitar ese foco de ahí que me va a quemar las pestañas?!!”, gritaba sordamente el moribundo “¡Coño si me voy hacia la luz! ¡¡¡ ¿ Pero que es estoooooooooo?!!!”


“ppppppppppppiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”


La línea verde que cruzaba la pantalla del encefalograma de punta a punta certificaba el ‘exitus’ del primer peatón muerto por el atropello de una bicicleta en Barcelona. Un peatón avergonzado de la suerte de su muerte.


De pronto se oyó el sonido de una carcajada desde las profundidades de la nada. Era Lucifer que se reía porque el peatón ignominiosamente fallecido había ido a parar al cielo. Y ya se sabe que, en el cielo, todos van pedaleando…

El préstamo

El préstamo

- ¡ Por fín acabé de pagar la hipoteca del piso ¡ - dijo mi amiga llena de alegría - ¡ Ya es completamente mío y no tengo de “copropietario” al banco ¡!


- Siento aguarte la “fiesta” –le respondí muy seriamente - pero sigues teniendo el piso prestado.


- ¿ Pero qué dices? Mira, mira lo que pone aquí –esgrimía pasándome por los ojos la escritura del piso- “Libre de cargas y gravámenes”…


- Insisto. Has comprado algo que tienes a préstamo, sino, contéstame a ésta pregunta ¿te llevarás tu casa a la tumba?


Ha sido una conversación de esta misma mañana con una compañera de trabajo. Cuando ha salido de mi despacho, algo más cabizbaja que cuando entró, he continuado en silencio haciendo balance de las vivencias, de esos momentos que he pasado con mi familia, con mis amigos, con los que quiero y que me voy a llevar “allí dónde sea” y el tiempo que no he pasado con ellos porque lo he empleado trabajando intentando ganar más dinero para adquirir propiedades que tengo "prestadas". Me di cuenta de lo ambicioso que soy porque no quiero nada prestado. Quiero más momentos para llevarme.

Píntame un sueño

Píntame un sueño

Querías pintar tu sueño,
“naturaleza salvaje” sobre mi piel, dijiste
Te dejo hacerlo realidad a cambio de que pintes el mío.
Tu autorretrato.

Recogida de firmas

Recogida de firmas

Estos días en los que sigo arrastrando el cuerpo por los lugares de permanencia laboral, siguen acudiendo a mi ausente mente ideas que persiguen un único objetivo, prolongar la vagancia. Y hete aquí que pensando, pensando (si es lo que digo, dame cinco minutos para pensar y montaré una revolución) se me ha ocurrido hacer una propuesta, “a la autoridad competente” por supuesto. Me explico. La edad de jubilación establecida para los ciudadanos y ciudadanas, a la sazón 65 años, es totalmente injusta. Vaya por delante que las voces, voceras más bien, que se alzan diciendo que ésta debe retrasarse hasta los 70 años, está cinco años más injustificada que la actual ¿Por qué? Muy sencillo y, si continuáis leyendo, os daré cumplida respuesta.


Se identifica la jubilación con la edad en la que la persona finaliza su vida laboral y pasa a ser subvencionado, en mayor o menor grado, con una pensión del Estado. A esa edad, liberado (se supone) el cotizante de otras obligaciones familiares e hipotecarias, se dice que es el momento de “empezar a disfrutar de la vida”. ¡¡ Manda narices decir eso ¡! ¿O acaso a los 65, en el mejor de los casos, empezaré a perseguir hembras o machos cuál adolescente que se ahoga en hormonas? ¿Es acaso a los 65 años cuándo me haré el Camino de Santiago, entero, andando? ¿O cuándo me lanzaré desde lo alto de un puente? ¿Tal vez empezaremos nuestras prácticas de ‘rafting’ ? ¿O será el momento idóneo para lanzarnos en paracaídas, montar en globo o volar en ala delta? Seamos serios. A esas edades uno y una estamos (estaremos ¿eh?) para otros menesteres como no sea la peregrinación por las consultas médicas de la “inseguridad social”.


Es el descubrimiento de las cosas que te ofrece la vida y su vivencia lo que nos hace disfrutarlas plenamente ¿Me queréis decir qué podemos descubrir a los 65 años? Si, ya se y es verdad, tenéis razón. Hay muchas cosas por hacer pero también es cierto que, quién no ha descubierto las cosas buenas de la vida en 65 años, poco va a poder hacer en adelante si antes no ha llevado un entreno adecuado.


Por tanto la propuesta que hago es la que sigue. Establecer la edad de jubilación o subvención mediante pensión estatal, a partir de los 20 años y prolongarla hasta los 65 años o los 70 dependiendo de cómo se vaya alargando la esperanza de vida. Sería entonces a partir de esa edad cuando los individuos e individuas iniciarían su vida laboral. Lógicamente esa medida socio-laboral vendría acompañada de otros ajustes económicos como por ejemplo, el empezar a pagar las hipotecas de las viviendas coincidiendo con nuestra incorporación al trabajo.


Me estoy imaginando vuestra cara de incredulidad y vuestra sonrisa sarcástica ante la idea pero con ella, de momento, me he cargado varios problemas. El primero de ellos es que, de nuevo, nuestros mayores se considerarán útiles. El segundo es que no estarán solos. El tercero es que jóvenes y no tan jóvenes, seremos más felices y el cuarto y más importante es que, por fin, podré dedicarme a lo que me de la gana. Luego, cuando llegue a los 65 años (uuuufffff ¡ que largo ¡) ya haré otra propuesta para continuar jubilado. De momento empiezo la recogida de firmas ¿Te apuntas?.

Operación retorno

Operación retorno

Casi finalizado el mes vacacional por excelencia, agosto, nos vamos reincorporando a nuestras tareas habituales y, con ello, se ponen en marcha los comentarios de costumbre con los compañer@s de trabajo recién reencontrados tras el período de presunto descanso.


Así en miles de centros de trabajo se oirán conversaciones cómo esta:


“¿Y qué tal las vacaciones?”


“¡Cortas!”


Y la respuesta: “¡Si es que lo bueno dura poco!”, seguramente porque quién lo dice, le habrá parecido escasa la estancia en las salas de espera de los aeropuertos o, tal vez, en las de los hospitales víctima de la salmonelosis o, si es un veraneante afortunado, esperando turno para poder clavar la sombrilla en alguna playa abarrotada del Mediterráneo, sin hablar de la cantidad de nuevas amistades que se hacen en los atascos que se producen a la salida o entrada de cualquier capital.


Si la pregunta de “¿Y qué tal las vacaciones?” se efectúa a algún compañero o compañera que se haya reincorporado unos días antes que nosotros, la respuesta será sin duda la que sigue:


“¡¡ Uuuuyyyy ¡! ¡¡ Ya casi ni me acuerdo ¡!”. Eso es rigurosamente falso a no ser que el individuo o individua sufra alguna enfermedad que le afecte a la memoria. Porque es que, las vacaciones las estamos recordando todos día a día, minuto a minuto, contando el tiempo desesperados hasta las próximas.


Y, cuando comentamos eso, siempre hay el o la optimista que se intenta hacer el gracioso o graciosa, que con una sonrisita dice: “No te preocupes. Ya falta menos para volver a empezarlas”. Eso es una auténtica gilipollez y que, además, me pone de muy mala leche. ¡¡ Once meses que me quedan para las próximas ¡!. Le parecerán pocos al idiota ese. ¡ Será capullo ¡.





Pero bueno lo que ya no soporto es cuándo después de haber consumido tres semanas de vacaciones, viene el de siempre comentando: “Si es que tres semanas en verano ya está bien. Es que yo, con tantos días, llega un momento en que ya no sé qué hacer”. Comentarios como ese deberían ser considerados delictivos por apología e incitación a la violencia. A esos personajes deberíamos marginarlos de nuestra sociedad poniéndolos a trabajar pero de verdad y, si continúan en su antisocial actitud, encerrarlos de por vida en algún lugar para descerebrados irrecuperables. ¡¡ Pero cómo se puede decir eso ¡!. Si entre leer, escribir, pasear, navegar, ir en bicicleta, estar con la familia, con los amigos y demás, casi no queda tiempo para no hacer nada que es de lo que se trata en vacaciones.


Así que no es de extrañar que cada año en el regreso de las vacaciones, nos ataque la consabida “depresión post-vacacional”. Y es que no hay mente, en su sano juicio, que resista el retorno de nuestra estupidez.

¡¡ Soy un chico coca-cola !!

¡¡ Soy un chico coca-cola !!

¿Recordáis el anuncio de la coca-cola dónde aparecía un esforzado varón porteando una caja del susodicho refresco a una oficina plagada de féminas en celo? Seguro que las mujeres si. Que sepáis que el que os suscribe es un chico coca-cola como el del anuncio y, sino, leed el texto que viene a continuación especialmente dedicado por Carmen del Portillo Valdés.


"Creo que todas las mujeres españolas en estado de merecer y también las merecidas y las que están en camino de, han soñado alguna vez con el chico cocacola. Sube ágilmente las escaleras de casa, con la caja de refrescos ligth al hombro; ese hombro que no es cualquier cosa; fuerte, musculoso, de piel tersa y casi con toda seguridad firme y fragante: un hombro hecho para cobijar, apoyarse y gozar.


No importa que viva en un séptimo sin ascensor; apenas si se le nota el esfuerzo. Su pecho (¡qué pecho!) sube y baja acompasadamente al compás de su respiración. Solo unas gotas de sudor dan fe de los numerosos peldaños que ha escalado para llegar a casa. Gotas que nada más abrirle la puerta me apresuro a lamer con la punta de la lengua. Primero la que descendiendo de la sien va camino del mentón y aquella otra que desde al ceja (que perfección de líneas) ha llegado a la aleta de la nariz. Me demoro en esta; que poderío, que firmeza demuestra este apéndice, avanzadilla de otro que, de ser ciertos los dichos populares, promete delicias sin fin.


Una gota, más rápida que las demás ha cogido carrerilla y ha conseguido alcanzar ese pecho protagonista de tantos sueños voluptuosos en camas de todo tipo y en todo tipo de mujeres. Sueños que me apresuro a hacer realidad con manos, lengua, ojos, nariz... ¡Qué impensable placer! Gusto ligeramente salado, tacto satinado, olor a chico limpio... Mientras me entretengo en atrapar la gota ladina antes de que alcance alturas menores y más comprometidas, mi chico cocacola deposita la caja en el suelo (es hasta cuidadoso para no rayarme el parqué) y me envuelve con sus brazos poderosos, acostumbrados a manejar aparatos de gimnasio. ¡Qué homenaje para mi cuerpo serrano! Esas manos que se deslizan por mi espalda, acariciando, presionando, oprimiendo mis nalgas y subiendo suavemente hacia los hombros y el cuello para perderse en mi pelo, acercando nuestras cabezas, buscando mi boca con sus labios tersos y firmes; mordisqueando mi lengua, trazando filigranas con la suya en mi cuello y orejas ¡ Qué alegría de lengua y que gustito pa'mis orejas!





Me estremezco de placer entre sus brazos fornidos mientras un escalofrío de gusto me recorre desde el vientre hasta la nuca y me deja las piernas temblorosas y sin fuerza. Nos dejamos caer en el sofá, explorándonos con manos, lenguas, piel, ojos... Sus manos se pierden en mi pecho, juguetean con mis pezones poniéndolos duros como piedras, mientras mis manos, ávidas, buscan el acceso a ese bulto duro y prometedor que percibo a través de la tela del vaquero que modela su cuerpo como una segunda piel de algodón 100%, ciñéndose a sus nalgas para mostrar toda la gloria de lo que tiene que ser un buen culo masculino. Al abrir la bragueta contemplo un calzoncillo blanco, tipo slip, de buen chico, hinchado por los tesoros que oculta. Mis ojos se dilatan de placer presentido, mientras mis manos se apresuran a llegar al destino que anhelan...


Un portazo nos hace levantar la cabeza. Mi marido está en el umbral de la puerta "Mari, ya está otra vez jodido el ascensor; si llego a saberlo no compro las cervezas, cagüen la puta..." "Mira, no me dejes la bolsa ahí en medio que vas a rayarme el parque, inútil; y haz el favor de ducharte que hueles como un demonio... total, no se porque tienes que sudar tanto, por una escalera de nada... seguro que hay otros que no montan tanto número por tener que subir andando..."


La verdad es que, como tantas y tantas mujeres de España, estoy deseando que mi marido se meta en la ducha para volver con mi chico cocacola. Creo que antes, cuando me enamoré de él, mi marido se le parecía un poco..."

Hormonas rentables

Parece ser que lo que empezó siendo un lugar idóneo para los diarios de adolescentes sujetos a los cambios hormonales y a los vaivenes sentimentales, se está convirtiendo en un negocio de grandes expectativas comerciales. Me estoy refiriendo al mundo de los "diarios" (blogs). Según la empresa Technorati el número de los llamados cuadernos de bitácora asciende a casi dieciseis millones, se crea una nueva página cada 7,4 segundos y se actualizan 10.800 a la hora.


No es de extrañar que ante la magnitud de los números las empresas del medio se hayan puesto en movimiento a fin de conseguir rentabilidad al fenómeno. La rentabilidad, cómo no, se consigue vía publicidad porque de otra manera, como por ejemplo con suscripción de pago a los diarios, parece del todo inviable. Para captar el maná publicitario se está creando la llamada "sindicación de diarios" siendo el tráfico que circula por ellas, la masa crítica que atraerá a potenciales anunciantes.





Aunque lo que anima al creador o creadora de un diario es más la vanidad personal que un criterio comercial, el debate sobre si la comercialización de los diarios acabará con la libertad de expresión que, más que menos, existe en la actualidad, está servido. Se piensa que, la aparición de los "diarios por encargo" alentados por los publicistas, acabe con ella al plasmarse opiniones interesadas.


Me ha venido a la memoria una respuesta de monocamy a un comentario que Fredy le hizo al respecto de que si se había planteado publicar un libro. La respuesta fue "Muchas gracias, me siento muy halagado :) Sin embargo jamás me planteé sacar rendimiento económico ni olor de multitudes a algo que disfruto regalando".


No se rompe el espíritu romántico o altruista si por nuestras aptitudes o ineptitudes sacamos un beneficio económico. Es más, suficientemente remunerado que, no olvidemos, no deja de ser un reconocimiento a un valor personal, me encontraría más motivado e ingenioso (si ello es posible ;-)). En todo caso lo que si apesumbraría mi espíritu es que los listillos y listillas de siempre aprovechasen algo que estamos haciendo por puro disfrute (o vanidad) personal. Eso si me fastidiaría.

El compás

El compás

Tú y yo somos dos almas tan firmes como las patas de un compás.


Tu alma está fija y no se mueve si la mía está inmóvil.


Dos almas que se juntan en una y que cuando una de ellas se aleja no se rompen.


Dos almas que se encuentran en el centro y si una debe partir, la otra se reclina y escucha y se alza cuándo vuelve.


Necesito tu fortaleza porque corro de modo oblicuo


Tu firmeza completa el círculo y me hace terminar donde empecé.

Amantes virtuales

Amantes virtuales

No conocen el calor de sus cuerpos … pero exploraron sus rincones más recónditos.


No saben de la textura de sus pieles … pero si cómo se eriza al contacto de sus manos.


Nunca respiraron el mismo aire … pero huelen su deseo.


Jamás sus labios se encontraron en un beso … pero conocen su sabor.


No han oído sus voces … pero gritan su pasión.


No se han mirado nunca a los ojos … pero ella entró en su alma y él en la de su amante.


Porque son amantes. Amantes virtuales. Amantes sin sentidos.

Nuria

Nuria. Así se llamaba mi primer amor. Mi primer amor serio y a la que le dí la categoría de “novia”. Antes de ella habían existido otras, las “salecón” que dice mi hija mayor. Enamoramientos veraniegos e iniciaciones con alguna chica extranjera más o menos avezada en las técnicas amatorias. Y es que, en aquella época, los chicos empezábamos a medio saber lo que era el cuerpo de una mujer con forasteras.


Nuestros caminos se cruzaron cuando los dos teníamos diecisiete años. Fue un mes de abril. Un seis de abril exactamente. Casi, casi al son de aquella canción de ‘Mocedades’ que sonaba por aquél entonces y cuya letra decía “en abril nació el amor … y el otoño se lo llevó”. Nuestra relación duró algo más. Poco menos de un año y medio. Un año y medio que supuso el fin definitivo de mi adolescencia y la entrada para siempre en el mundo de los adultos. Un año y medio en el que las fantasías se convirtieron en realidades para dar paso a los sueños. A los sueños de futuro.


Salí del amparo de mis padres para refugiarme en el del amor. En el del amor para siempre. Porque cuando te recibe el amor, cuando notas su abrazo, crees que es para toda la vida, porque ya no te puedes imaginar tu vida sin esa persona. Después viene la vida, compañera inseparable del amor, para sacarte del engaño. Pero entonces eso no lo sabía y me preparé para que Nuria fuese ese amor… y eso me convirtió en hombre. Ella me convirtió en hombre.





Me enamoré de ella perdidamente y era correspondido. Nos conocimos y, en una semana, se juntaban nuestros labios, no sin antes utilizar las formalidades que por aquél entonces se estilaban. La formalidad era que había que “pedir para salir” y, si te daban el esperado “sí”, ya podías besar a la chica en los labios. Esa era la secuencia. Luego tus amigos o amigas para saber si el chico o la chica “ya era tuyo o tuya en exclusividad” te hacían la pregunta “¿Ya sales con él o ella?” y según la respuesta fuese afirmativa o negativa, ya sabían que si te habías dado el lote o morreo.


Recuerdo que pasamos ese fin de semana con los labios pegados. Parecíamos una sola boca. Descubrimos la avidez del deseo y, superado el miedo que en un primer momento el deseo en estado puro te hace sentir, nos abandonamos a él… y me dije que aquello no podía terminar nunca. Aquellos sentimientos cuya esencia destilábamos en cada uno de nuestros encuentros, eran únicos e irrepetibles y nunca más podrían darse con otras personas. Era imposible que pudiesen tener otros protagonistas diferentes a nosotros. Y es que el mundo giraba porque ella existía. Y el sol cruzaba la línea del horizonte cada día porque ella sonreía.


A pesar de los muchos años transcurridos desde entonces, aún se porqué la quise tanto. Por primera vez me hizo sentir que era importante para alguien. Ella que era ya una mujer en la que se juntaban inteligencia y sensualidad, estaba “colada” por un niño como yo y me necesitaba. Ese sentimiento que me elevó a la categoría de héroe es el que atrapó mi alma. Y eso que poco podía ofrecerle yo en aquél entonces como no fuese un amor incondicional y un deseo convenientemente hormonado. Había iniciado por entonces la universidad y estaba preparando oposiciones para entrar en la administración pública. La verdad es que no hubiese preparado las oposiciones si Nuria no hubiese aparecido pero, como el futuro no podía preverlo sin ella, tenía que trabajar para construirlo.





Con tanta ocupación, Universidad y preparación de oposiciones y el trabajo de ella -había dejado de estudiar y se puso inmediatamente a trabajar al poco de conocerme- sólo nos quedaban los fines de semana para estar juntos. Es fácil imaginar cómo los pasábamos …


Tal vez, esos diferentes caminos que habíamos elegido fue lo que, al final, dió al traste con nuestra relación. Yo en segundo de carrera y preparando unas oposiciones de incierto resultado. Ella trabajando y pensando en formar una familia. Si. A los diecinueve años. Entonces, en aquellos años, las cosas eran así. Lo hubiese dejado todo por ella y me habría partido el espinazo en la obra como unos meses antes había hecho en un trabajo temporal, si un mes de agosto y un amigo de la infancia, mi mejor amigo, no hubieran aparecido en nuestras vidas.


Lo que pasó ese agosto es historia conocida. Me quedé sin novia y sin mi mejor amigo. Aunque la memoria es selectiva para los momentos tristes, recuerdo a la perfección el día y el instante en que escuché su voz al otro lado del teléfono. Un veintidós de agosto. Tal día como hoy se acabó ese primer amor.


Primero aparece el dolor. Un dolor intenso, imposible de calmar, hasta que luego se convierte en angustia, antesala de la desesperación… Finalmente, el vacío. Absoluto, profundo y oscuro vacío. El mundo se había roto en mil pedazos y ya no existía nada. Y yo era reo en esa nada.


Lloré. Lloré durante semanas, hasta que las lágrimas dieron paso a la rabia. Si, esa depredadora que transforma el amor en odio cegando los buenos recuerdos. Nuestros buenos momentos. Y así, cegado por la rabia hice lo que nunca se debe hacer, cerrar con un portazo nuestra historia cuando, unos meses más tarde la llamé por teléfono y lo único que se me ocurrió fue insultarla.


Casi un año más tarde la seguía recordando y, cuando me enteré que había roto con mi (ex) amigo, me hice el encontradizo. Por aquél entonces la rabia ya había desaparecido. Ahora era el orgullo el que me tenía preso. Un orgullo que me impidió pedirle perdón cuándo nuestras miradas se encontraron y que atenazó mi corazón cuándo quise decirla lo mucho que la encontraba a faltar. Lo mucho que la necesitaba todavía. Pero no fue así y traté de hacerla saber, con palabras frías como el hielo, lo bien que me iba en la vida. “Aprobé la oposición y en abril empecé a trabajar. Voy al trabajo por las mañanas y, por las tardes a la facultad. Me va fenomenal en la carrera ¿Sabes? Estoy ya en tercero y voy a empezar periodismo. Por lo demás, no me quejo, ahora salgo con fulanita”. Una sonrisa de ella por respuesta. Una lágrima reprimida y un adiós. Eso fue todo. “Adiós”.


Nunca más volví a verla y si nos cruzamos por la calle, no la reconocí. Nunca más volví a hablar con Nuria. Sólo supe de ella, hace más de diez años, a través del marido de una compañera suya de trabajo que me contó retazos de su vida actual. Se casó con alguien que yo no conocía y tuvo un hijo. Continuaba trabajando en el mismo sitio y, por lo que supe, no le iba mal. Me alegré de corazón. Me alegré mucho de que la vida le sonriese. Que fuese lo afortunada que lo era yo.


La hubiese llamado en más de una ocasión para pedirle perdón. Para decirle lo arrepentido que estaba de haber dicho lo que dije. Para reírnos de las chiquillerías que hicimos. Para contarle lo importante que había sido en mi vida. Para que supiese que ella había sido el primer amor con todo el valor que eso tiene. Para desearle toda la felicidad del mundo incluso más de la que yo tengo… si es que la felicidad se puede medir. Para recordar los únicos momentos que conservo de ella, los buenos… Y estoy convencido que ella hubiese querido hablar conmigo y decirme que también había sido valioso en su vida y que siempre que me recordaba lo hacía con una sonrisa. Nuria también hubiese querido cerrar nuestra historia. Pero esta vez sin portazos. Con cariño.


Pero no lo hice y ya nunca podré decírselo. Nuria murió un veintidós de agosto. Hoy hace justo un año. Ví su esquela en una sección de necrológicas y, por segunda vez, se fue. Ella que fue mi primer amor. Ese que nunca se olvida. Ese que nunca olvidaré. Hasta siempre. Hasta que nos encontremos.